Publicado en Flores, plantas y árboles

Las plantas de infancia de Juan

No es la primera vez que hablo de Juan Mª Josa. En otra ocasión fue en “Creciendo entre Flores”, en una de las primeras entradas que dediqué a oficios

https://creciendoentreflores.wordpress.com/2015/07/05/haciendo-el-pan-en-casa/

y otra entrada que dediqué a las flores de descampado en las que incorporé algunos de sus bocetos-dibujos

https://creciendoentreflores.wordpress.com/2015/09/28/el-arte-de-la-sencillez-flores-de-descampado-y-flores-que-marcan-el-ritmo-anual/

En esta ocasión, le pedía que me contara algo acerca de lo que recordase de las plantas de su infancia. Ha merecido la pena dedicarle una entrada dada la riqueza de sus recuerdos y el conocimiento que veo que tiene de las plantas así como los dibujos tan bellos y cargados de sencillez que incorpora.¡Cómo envidio ese don para dibujar!

Como buen niño urbano las plantas no estaban muy presentes en mi vida cotidiana, los árboles eran piezas más del mobiliario urbano y los hierbajos y florecillas de los múltiples descampados que aún tenía la ciudad no eran muy valorados, eran malas hierbas.

En cambio, en el verano, en las vacaciones, todo cambiaba, en el pueblo de mis abuelos, la vegetación estaba por todas partes, y eso que es un pueblo de secano, con una coloración que iba desde los ocres amarillentos de las espigas segadas esperando la trilla hasta el verde vivo de los almendros y melocotoneros o los tonos azulados de la alfalfa, violetas del espliego o apagados de los olivos.

Un poco al modo estructuralista, mi relación con ellas sería plantas domésticas versus plantas salvajes: por un lado estaba el descubrimiento de las huertas, llenas de sorpresas agradables como los tomates o las ciruelas claudias y encuentros desagradables como las malvadas ortigas. Un mundo lleno de recursos, podías hacer una trompetilla efímera con el tallo de la calabaza, hacerte un silbato con el hueso de un albérchigo o mandar un barquito por la acequia confeccionado con la hoja de un junco mientras masticabas la raíz de dicho junco, pincharte con las zarzas y comerte las primeras moras.

Por la parte salvaje, en disputa con los pequeños bancales cultivados, te encontrabas plantas que te rozaban dejándote llenos de pinchillos y arrancamoños los calcetines y arañazos las piernas, pero a la par también te dejaba su olor el romero, el tomillo o la lavanda y si buscabas mucho hasta encontrabas una hierba que le llamaban té de roca , y que producía un infusión que tenía poco de té y mucho de agua verdosa con sabor incierto.

Los árboles tenían nombres raros : Latoneros, presqueros, empeltres, prunos, acerolleras, higoteros o figuerales, solo el pino seguía llamándose pino, pero es que solo había un pino, el Pino, ahora ya ni ese está.

Durante unos días, pasabas de un lado a otro, del lado doméstico al salvaje y viceversa, en el camino comías flores de calabaza, hirsutas borrajas, cebollas que no hacían llorar u olivas que parecían cagarrutillas de oveja, entre otras cosas.

Después volvía a la ciudad, entre los ladrillos y el cemento, y aun sigo ahí, tratando de descubrir en los restos de los pocos solares que quedan esas briznas de hierbas y flores despreciadas, pero que resisten y nos muestran su vitalidad recordándonos un tiempo mejor.

En relación a la presencia de las plantas en los cuentos de mi infancia no los recuerdo que protagonizaran dichos relatos, mis lecturas eran más de animalillos, del tipo de las fábulas de Esopo, aun así algunos cuentos sí que tenían elementos vegetales mágicos, como las habichuelas que crecían desaforadamente hasta los cielos donde moraban los gigantes y sobre todo el oscuro bosque por donde se perdía Caperucita y era abandonado Pulgarcito,  dando base para que gente un poco peculiar como los psicoanalistas encontrasen escabrosas interpretaciones sobre ello (Bruno Bettelheim escribió un clásico al respecto). Tal vez ahora en mi edad adulta haya encontrado más historias donde los vegetales asumen un papel más significativo, como la metamorfosis de Dafne en laurel para evitar el acoso de Apolo, la conversión en álamos de las hijas del sol llorando sus desdichas, o la granada de Proserpina que nos condena a ella y a nosotros a penar los meses de frío invierno y a la esperanza en el resurgir de la primavera.

¡Fantástico relato, Juan! Gracias por compartir.

 

MªÁngeles Pozuelo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s